
Noche cerrada. La ciudad parece Londres, con su
chiriviri de agua que le caracteriza. ¿Que si he estado en Londres? No, nunca. Pero, ¿Para qué va a limitarse uno a lo vivido si ha sido dotado de imaginación? Tengo dos neuronas en mí haber cerebral, sus nombres: Pez y Luna, como los peces de Bruno, exentos de nombre completo, resignados a identificarse con la mitad de un latinajo de especie marina. Afuera, humedad calando huesos sin techo o a la venta en las inmediaciones de la rambla. Acogedor...Bajo cobijo, a uno le asaltan sensaciones, vestigios cognitivos imposibles de racionalizar, el cansino poso de los "si fuera", "si yo no hubiera", "si hubiera dicho que no"..."Litterature...C´Est merde" como dijo el maudit precoz. Desenmarañando la maraña, uno se siente el bulto de un hombre que aún debe agradecer estar bajo cobijo, "en casa", como se decía en los pueriles juegos del
correquetepillo, a merced de los huesos quebrantados, de las historias que llegaron demasiado tarde o demasiado lejos para ser contadas con algo de entendimiento. Justo como esas sensaciones que a uno le sobresaltan en la noche idónea sin saber siquiera explicárselas a la almohada. Radares inconexos de emoción saturada apuntando al cielo como la antena del vecino.